Artículos 2016

 

80 años de aquél 18 de julio. Tragedia y esperanza

Julio de 2016, Tino Brugos

Este año se cumplen 80 años del 18 de julio de 1936, inicio de la guerra civil española que mucha gente ha descrito como el antecedente inmediato de la II Guerra Mundial que asolaría el mundo poco tiempo después. Es difícil comprender lo que supuso aquél hecho si no se tiene en cuenta que en el mismo convergen diversos factores políticos que venían manifestándose desde años antes en la sociedad española.
La proclamación de la República en abril de 1931 fue un acontecimiento que puso fin a un período, el de la Restauración, marcado por la corrupción política, el falseamiento del sufragio, el atraso en general de un país mayoritariamente rural y donde el analfabetismo se mantenía en porcentajes muy elevados. Aquél sistema, hecho  a medida de los intereses de una oligarquía terrateniente e industrial, había entrado en crisis muchos años antes. Desde la revuelta de 1909 en Barcelona y la crisis de 1917 que produjo la convocatoria de la primera huelga general revolucionaria, las estructuras del estado acudieron a todos los medios para lograr sobrevivir: pistolerismo patronal contra sindicalistas, aplicación de ley de fugas a presos políticos, ilegalizaciones de sindicatos y cierres de prensa obrera culminando con la llegada de la dictadura de Primo de Rivera para detener el caudal de movilizaciones populares que presionaban sobre las instituciones.
Con la crisis económica de 1929 la situación se desestabilizó aún más y el Rey decidió prescindir del dictador. Su caída permitió una rápida reorganización de las fuerzas populares y su participación en unas elecciones municipales que dieron el triunfo a las candidaturas republicanas, arrastrando a la institución monárquica.  Las calles fueron una fiesta para saludar al nuevo régimen en el que se concentraban los anhelos y deseos de los sectores populares.
A partir de ese momento se abrió un nuevo período que tuvo un curso vertiginoso. Entre 1931 y 1936 se produjeron cuatro convocatorias electorales, la proclamación de la República, dos gobiernos progresistas, un gobierno reaccionario, una huelga general que se convirtió en insurrección revolucionaria, varios levantamientos locales y dos pronunciamientos militares uno de los cuales dio como resultado la división del país, el estallido de una guerra civil marcada, entre otras cuestiones, por la experiencia revolucionaria en amplias zonas de las que permanecieron fieles a la legitimidad republicana.
En realidad todos estos hechos se pueden encadenar si  se sitúan en su conjunto dentro de un proceso en el que se cruzaron los intereses de diferentes clases sociales: una oligarquía dispuesta a defender con uñas y dientes sus privilegios, una burguesía progresista  –minoritaria- empeñada en introducir toda una serie de cambios para modernizar el estado y una clase obrera entre la que fueron creciendo aquellos sectores que entendían la República como un paso intermedio hasta llegar a la toma del poder e iniciar una verdadera  revolución social.
Muchos eran los problemas que se planteaban: la necesidad de una reforma agraria que diera tierras al campesinado; acabar con la influencia social del clero que se movilizaba como defensor del viejo orden monárquico; modernizar el ejército caracterizado por una tradición intervencionista en el mundo de la política en sentido reaccionario desde finales del siglo XIX y donde se observaba un número excesivo de oficiales así como el problema que planteaban las nacionalidades, sobre todo en Cataluña pero también en el País vasco y de modo incipiente en Galicia. Todas ellas aspiraban a alcanzar cotas de autogobierno y diferentes niveles de soberanía.
La experiencia republicana
A partir de 1931 se formó un gobierno dirigido por los partidos republicanos ya que el PSOE consideraba que las reformas que estaban por delante se correspondían con un proceso de revolución burguesa por concluir y entendía que era responsabilidad de los grupos burgueses. La línea reformista fue abriéndose paso en esos primeros meses aunque no estuvo exenta de tensiones que acabaron con muertes: Arnedo o Casas Viejas por citar alguna. Las expectativas de los sectores populares variaban. Entre el campesinado existía un hambre de tierras que hacía que el proceso de reforma agraria fuera percibido con lentitud; entre los socialistas existía la idea de que las reformas permitirían avanzar en la senda de la modernización del país y resolver  al menos una parte de los problemas planteados; en cambio, entre los anarquistas se impuso la idea de que los problemas seguirían y que la insurrección estaba a la orden del día. Diversos intentos revolucionarios frustrados formaban parte de lo que se denominó la gimnasia revolucionaria. Por su parte, los comunistas formaban agrupamientos políticos muy modestos y tanto la sección oficial como los disidentes estaban por impulsar la lucha por la revolución socialista aunque con grandes diferencias tácticas. El PCE atravesaba una fase sectaria que venía marcada por las resoluciones del VI Congreso de la Internacional Comunista. En cambio los disidentes, más o menos cercanos a la oposición encabezada por Trotsky aplicaban una táctica de Frente Único que les llevaría más adelante a proponer la formación de Alianzas Obreras que agrupaban a las organizaciones de trabajadores con un programa de lucha e independencia de clase, sin vínculos con los partidos republicanos burgueses.
A pesar de la desorientación producida por los acontecimientos de abril, la derecha comenzó pronto a organizarse. En términos generales se puede hablar de tres corrientes: la derecha católica que cristalizó con la figura de Gil Robles en la CEDA, que aspiraba a un estado clerical y no ocultaba formas autoritarias; los monárquicos, plenamente identificados con los intereses de la oligarquía, reaccionarios y dispuestos a cualquier alianza con tal de hacer fracasar la experiencia republicana y, por último, el fascismo que irá desarrollándose a partir de núcleos  dispersos que  convergerán en 1934 con la fundación de Falange Española (FE)
En 1933 aprovechando la parálisis política y coincidiendo con la ruptura de la colaboración entre republicanos y socialistas la derecha ganó las elecciones iniciándose así  una fase de rectificación que tenía como objetivo rectificar los avances y reformas puestas en marcha durante el bienio anterior. La izquierda inició un proceso de radicalización que reflejaba la desilusión y el temor de los sectores populares. Los acontecimientos internacionales (nazismo en Alemania, revuelta de Viena en 1934) hicieron que el fascismo se convirtiera en la preocupación principal. La posible llegada de la CEDA al gobierno fue vista como el prólogo de un proceso de asalto al poder y por eso en octubre de 1934, cuando Gil Robles entró en el gobierno, se produjo una convocatoria de Huelga General que en Asturies y algunos otros  lugares dispersos del resto del estado se convirtió en una insurrección revolucionaria.
La Comuna asturiana fue aplastada después de dos semanas de dura lucha que provocó centenares de muertos. La represión fue implacable. Miles de obreros encarcelados, torturas, juicios, cierre de locales y prensa sindical, disolución de ayuntamientos, censura de prensa, etc.  Esta situación provocó como reacción entre la izquierda la apertura de una fase marcada por los deseos unitarios a partir de las conclusiones obtenidas por la experiencia revolucionaria asturiana.
Pequeñas organizaciones como eran el Bloque Obrero y Campesino (BOC) e Izquierda Comunista (ICE) se unieron para formar el POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista); las juventudes socialistas y comunistas se unirían para formar la JSU (Juventud Socialista Unificada), avanzada de una posible reunión de socialistas y comunistas que se producirá finalmente, ya iniciada la guerra, en julio de 1936 solamente en Cataluña dando origen al PSUC. También entre las fuerzas burguesas republicanas se produjo la unión de varios grupos republicanos dirigidos por Azaña para formar  Izquierda Republicana (IR)
El Frente Popular
En medio de estos hechos se desarrolló el VII Congreso de la Internacional Comunista (Komintern) que introdujo cambios sustanciales en la política de los partidos comunistas estalinistas a nivel mundial. El más importante era la decisión de crear convergencias políticas con los sectores burgueses progresistas para detener el avance del fascismo. De este modo se consolidó enseguida la necesidad de buscar algún acuerdo electoral que permitiera acudir en listas conjuntas para ganar las elecciones y desalojar a las derechas  del poder. El acuerdo llegó finalmente con la formación del Frente Popular  (Front d’Esquerres en Cataluña)
En el mismo participaban todas las fuerzas políticas de izquierdas aunque con unos objetivos diferentes. Para el PCE se trataba de la plasmación concreta de los acuerdos adoptados por la III Internacional. En adelante el enemigo principal sería el fascismo y para detener su avance había que lograr la colaboración de la burguesía progresista lo que significaba que el proceso hacia la toma del poder quedaba aplazado de forma indefinida. Por su parte, el PSOE pensaba que era el medio para recuperar la experiencia de los primeros años de la  República. Puesto que no se trataba de tomar el poder debía ser la burguesía quien volviera a hacerse cargo del  gobierno como en 1931. Esta decisión se adoptaba en medio de una creciente división interna que se reflejó tanto en el seno del PSOE como en sus relaciones con la UGT. El ala izquierda dirigida por Largo Caballero desde la UGT no descartaba la toma del poder. El POUM se unió al FP con la idea de que se trataba de una alianza táctica para lograr el objetivo de sacar a los presos de la cárcel y después seguir trabajando por la opción revolucionaria de  asaltar el poder. Esta decisión significó su ruptura con Trotski que condenaba la política de Frente Popular y cualquier posición dudosa ante la misma.  Incluso la CNT, tradicionalmente apolítica, decidió bajar en esta ocasión el volumen de su propaganda contraria a la participación electoral con la idea de que un triunfo del FP significaría sacar a la calle a miles de presos anarcosindicalistas.
La primavera de 1936
En las elecciones de febrero de 1936 se produjo un triunfo del FP que la ley electoral convirtió en una mayoría parlamentaria. Madrid y otras ciudades fueron una fiesta y, durante un par de días, se produjo una situación de poder revolucionario. En muchos lugares los nuevos cargos electos encabezaron movilizaciones hacia las cárceles para poner en libertad a los presos políticos sin esperar a que el nuevo gobierno tomara posesión. Se restablecieron ayuntamientos suspendidos y la euforia popular se adueñó de las calles y plazas de las principales ciudades.  La situación se volvió explosiva y gobierno saliente ante el temor a verse desbordado cedió el poder sin cumplir los trámites parlamentarios  reglamentados.
La polarización social iniciada en años anteriores dio paso a un período revolucionario. Los de arriba ya no podían gobernar como antes y los de abajo no estaban dispuestos a seguir siendo gobernados por los de siempre. De ahí que la conflictividad social fuera en aumento. La extrema derecha se lanzó a la luchar armada cometiendo atentados contra personas conocidas por sus ideales izquierdistas. La derecha oligárquica, visto el resultado electoral, centró sus esperanzas en un golpe protagonizado por los militares. Por su parte desde la izquierda se relanzó el proceso de movilizaciones tanto en el campo como en las ciudades.  En numerosos lugares grupos campesinos procedieron a la ocupación de tierras sin esperar a que fuera el gobierno quien pusiera en marcha las expropiaciones.  Las huelgas, y las muertes de obreros en manifestaciones, volvieron a ser noticia.
El gobierno del Frente Popular estuvo presido por Azaña y, poco después, por Casares Quiroga tras haber ascendido el primero a la presidencia de la República. Los socialistas, con creciente división interna, no entraron en el mismo. Prieto y sus seguidores lo deseaban pero estaba en minoría. Largo Caballero, cuyos seguidores pusieron en marcha el diario Claridad, expresaba la convicción de que la clase obrera accedería muy pronto al poder bien porque de las reformas burguesas se pasaría a una fase superior o bien porque sería el único sector capaz de defender la República si finalmente se producía el golpe militar del que todo el mundo hablaba.
La CNT y el POUM relanzaron la movilización revolucionaria frente a un PCE convertido en ardiente defensor de un gobierno que, a sus ojos, era la garantía de que las clases medias no acabarían siendo atraídas por el fascismo. Los republicanos por su parte se debatían en un mar cada vez más agitado. Eran conscientes de la conspiración militar pero sus movimientos para detenerla fueron muy torpes. Se limitaron a continuos traslados de los militares implicados. No atajaron la situación de forma contundente creyendo que los hilos de la misma no llegarían a todos los rincones del país. Contaban con que la mayoría de las guarniciones permanecerían fieles a la legalidad lo que permitiría evitar cumplir una de las demandas de los sectores revolucionarios que era armar a la población para evitar el golpe.
Como de costumbre los procesos son una acumulación de acontecimientos y finalmente aparece el elemento inmediato que facilita el desencadenante. En este caso como elemento inmediato se podrían situar las muertes cruzadas del teniente Castillo, vinculado a las milicias socialistas y la del jefe de la oposición monárquica, Calvo Sotelo, como réplica a la anterior. Este elemento precipitó los preparativos del golpe militar que finalmente se desencadena en Melilla la tarde del 17 de julio y que en los días siguientes se extenderá como el fuego por el resto del territorio. La situación revolucionaria intentó ser controlada por el ejército que fracasará en su intento haciendo que se derrumben las instituciones republicanas. Allí donde triunfen los militares las primeras medidas políticas adoptadas se dirigen a acabar con la legalidad mientras que en las áreas donde fracasan surge una situación de doble poder ya que serán las milicias obreras quienes sofoquen la intentona golpista y abran paso a una nueva coyuntura. Dependiendo de las zonas en algunos lugares fueron las milicias quienes se hicieron con el poder total mientras que en otras hubo una colaboración entre las milicias y sectores fieles al gobierno republicano. Se abría así un mapa muy complejo en el que la rebelión no pudo imponerse y, en adelante, tuvo que hacer frente a una imprevista movilización revolucionaria detrás de la cual se tuvieron que situar las instituciones de un gobierno republicano desbordado por la realidad sobre el terreno.
El levantamiento militar y la respuesta obrera
La tarde del 17 de julio los oficiales conjurados en la revuelta de la guarnición de Melilla adelantaron la puesta en marcha de la rebelión. A partir de este momento la base de la rebelión se centrará en el ejército de África que cuenta con experiencia de combate, con unidades de tropa indígena y con la Legión. A la cabeza del mismo se encuentran militares africanistas, muy pronto dirigidos por Franco, cuya ideología es muy reaccionaria y que no dudarán en utilizar contra los obreros y leales a la República la brutalidad que acostumbran a usar en tiempos de guerra. Entre el 17 y 18 de julio se harán con el control del Protectorado interceptando la resistencia sindical y asesinando a los oficiales leales.
La reacción del gobierno de Casares Quiroga fue no dar importancia al hecho. Sin embargo el día 18 por la mañana la situación comienza a complicarse pese a que el gobierno emite un comunicado en el que anuncia una rebelión en África que está en vías de ser derrotada.  A primeras horas de la tarde anunciará la derrota de la misma pero las organizaciones del Frente Popular comienzan a temer lo peor. La revuelta se ha extendido a Málaga y Sevilla y hay movimiento en todos los cuarteles militares. CNT comienza a movilizarse, UGT pide armas lo que rechaza el gobierno y PSOE y PCE hablan de situación difícil aunque no desesperada.  Esa misma noche del 18 de julio las centrales sindicales convocan una huelga general. Ante la evolución de los acontecimientos Casares presenta su dimisión a Azaña quien de inmediato nombra a Martínez Barrio.
A lo largo del día 19 Martínez Barrio intentará poner en marcha un gobierno de republicanos que incluye a grupos que no forman parte del FP en un intento de contener el desbordamiento que se está produciendo en las calles. Al tiempo que los militares se van sumando a la sublevación manifestaciones espontáneas se producen en numerosas ciudades dispuestas a enfrentarse como sea a los insurrectos.  Largo Caballero exige armar al pueblo y el gobierno mantiene su negativa en un momento en el que las milicias sacan a la calle las armas escondidas desde 1934, asaltan armerías y cuartes de la Guardia de Asalto, requisan coches y ponen en marcha una respuesta autónoma a los movimientos de los golpistas. Los comités formados por sindicatos y partidos del FP comenzaron a tomar medidas para atajar la revuelta.
Entre los días 18 y 21 se decidió, en las calles, la suerte del levantamiento militar. Allí donde los militares golpistas se adelantaron a la movilización obrera acabaron triunfando al mantener la iniciativa en todo momento. Esos podrían ser los casos de Sevilla y Zaragoza. En algunos lugares el triunfo rebelde se produjo mediante engaños a los dirigentes obreros: Oviedo y Zaragoza. En aquellos lugares donde los dirigentes del FP confiaron en las promesas de fidelidad de los militares acabaron siendo derrotados como fue el caso de Cádiz. A la inversa, donde los dirigentes del FP desconfiaron de los militares terminaron manteniendo el control como en Santander. De todo ello se deduce que fue fundamental la rapidez en la reacción de las fuerzas populares para derrotar al golpe. Cuando llegaron tarde tuvieron que afrontar la derrota y la masacre como en Sevilla.  Para burlar a las fuerzas obreras en algunos lugares se mantuvo una posición ambigua señalando la fidelidad a la República, tomando emisoras en las que sonaba el himno de Riego o anunciando que la movilización militar iba en contra de los fascistas. Sin embargo, el fracaso del golpe se decidió en lugares como Madrid o Barcelona.
En ambos casos la movilización  popular fue inmediata y se fue extendiendo desde los barrios periféricos hacia el centro sin tener en consideración las discusiones entre centrales sindicales y gobierno sobre el reparto de armas. Las barricadas fueron ampliando el perímetro de control al tiempo que se improvisaban guardias y se buscaban armas para contener el golpe. Finalmente en ambos lugares se produjeron enfrentamientos entre tropas sublevadas y manifestantes a pecho descubierto que causaron centenares de víctimas, entre otros muchos dirigentes populares, pero lograron imponerse o inmovilizar a los rebeldes tras asaltar los cuarteles donde se habían refugiado los golpistas. Para el día 21-22 de julio la situación se ha aclarado. Los militares rebeldes han fracasado en su intento de dar un golpe de estado rápido que les permita controlar los centros de poder y dirigirse hacia Madrid. El pronunciamiento, que se justificaba diciendo que aspiraba a evitar una inminente revolución, lo único que hizo fue acelerarla. Frente a ella prestigiosos generales fueron derrotados por las masas movilizadas. El ejército de tierra no era invencible a condición de ser rápidos en la respuesta a sus movimientos. Una semana después el horizonte era algo inesperado. Una situación de guerra entre un ejército profesional que se sustentaba en una base social reaccionaria vinculada a los intereses económicos de la oligarquía más los elementos fascistas que se unieron a la misma. Al otro lado estaban las diferentes fuerzas que componían la base social del Frente Popular: una clase obrera movilizada que se convirtió en la punta de lanza de las fuerzas revolucionarias, un campesinado desesperado que se enfrentaba a la masacre y sectores medios urbanos con planteamientos progresistas y modernizadores. En este campo se había producido un hecho crucial en la relación de fuerzas. Las instituciones del estado republicano se habían hundido. El poder nominal del ejecutivo, de gobernadores y otros funcionarios solo era real en la medida en que no chocaba con los planteamientos de quienes dominaban las calles: las organizaciones obreras y sus direcciones políticas. El gobierno de Giral intentó revertir una situación imposible,  por eso  dos meses después acabó imponiéndose un gobierno dirigido por Largo Caballero que pretendía ser expresión de los cambios ocurridos desde las jornadas de julio, en medio de una guerra civil que se había extendido al conjunto del país.

El Frente Popular: 80 años después

 

Por Andy Durgan, autor de Comunismo, revolución y movimiento obrero en Cataluña 1920-1936. Los orígenes del POUM (Laertes, 2016), asesor histórico en Tierra y libertad de Ken Loach y militante de En lucha.

 

8 Marzo. 2016 - publicado el LA HIEDRA.INFO

Durante los primeros dos años de la República, de 1931 a 1933, gobernó una coalición republicano-socialista en base a un programa de reformas que pretendía traer la justicia social y el progreso a uno de los países más atrasados de Europa. Sin embargo, el proyecto reformista chocó con la obstrucción sistemática de la derecha y sus poderosos aliados (la oligarquía, la iglesia y sectores del ejército), tanto dentro como fuera del parlamento. Al mismo tiempo, el gobierno introdujo una serie de leyes represivas diseñadas para controlar un movimiento obrero cada vez más combativo, en gran parte organizado por la central anarcosindicalista, la CNT.

Ante lo que fue percibido en ese momento como el fracaso del proyecto reformista republicano, en un contexto de auge de la derecha autoritaria, una parte importante de las bases del PSOE y de la UGT se radicalizaron, y una “izquierda revolucionaria” emergió durante 1933, encabezada por el veterano dirigente ugetista Francisco Largo Caballero.

Una de las consecuencias de esta radicalización fue la ruptura de la coalición republicano-socialista y la victoria de la derecha en las elecciones de noviembre de 1933. Un nuevo gobierno, encabezado por el Partido Radical de Alejandro Lerroux, empezó a deshacer las limitadas reformas introducidas por la izquierda. Lerroux fue respaldado por el partido con más representación parlamentaria, la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) de Gil Robles. La CEDA, siguiendo el ejemplo de los Nazis en Alemania, tenía como objetivo introducir un régimen autoritario por vías “legales”.

Ante tal amenaza, la izquierda socialista estaba convencida de que solamente una revolución podría parar la amenaza fascista. Inspirados por los comunistas disidentes del Bloque Obrero y Campesino (BOC), se formaron en distintos lugares del Estado las Alianzas Obreras contra el fascismo. En Asturias, la Alianza incluyó no solamente a los socialistas, sino también a la CNT.

Con la entrada de la CEDA en el gobierno en octubre 1934, los socialistas convocaron una huelga general revolucionaria. Sin embargo, con las excepciones de Asturias y Catalunya, en la mayoría de sitios fracasó. En la cuenca minera, la Alianza Obrera encabezó una insurrección y tomó el poder en la región. En Catalunya, empujados por la Alianza, el gobierno de ERC declaró la independencia, aunque rápidamente capituló.

La comuna asturiana, después de dos semanas de resistencia heroica, fue aplastada a sangre y fuego por el ejército de África, bajo el mando de un tal Francisco Franco, con el resultado de más de dos mil muertos. Se generalizó la represión por todo el Estado, y a finales de 1935 había unos 30.000 presos políticos en las cárceles españolas.

El pacto electoral

En este contexto se formó el pacto electoral de izquierdas. Con los sectores más combativos del movimiento obrero actuando en la semiclandestinidad, la iniciativa para llegar a un acuerdo electoral pasó a los partidos pequeño-burgueses y al ala socialdemócrata del PSOE, encabezada por Indalecio Prieto. En una serie de mítines masivos, el líder de Izquierda Republicana y presidente del gobierno durante el primer bienio, Manuel Azaña, cogió un protagonismo especial.

Esta aparente popularidad de Azaña ha hecho que muchos historiadores liberales argumenten que las clases populares preferían una coalición moderada antes que la radicalidad de la izquierda socialista y los anarcosindicalistas. En realidad, como comentó el POUM en su día, en los mítines de Azaña “la inmensa mayoría (de los asistentes eran) obreros revolucionarios”, que acudían a esos mítines a falta de otras formas de protesta pública. Azaña había visto como en su presencia se alzaban “millares de puños en alto y centenares de banderas rojas”.

El sistema electoral favoreció las coaliciones. La lista ganadora en cada circunscripción se llevaba el 80% de los escaños. Por ese motivo una alianza amplia fue vista como la única manera de conseguir la libertad de los presos y la vuelta a la legalidad de las organizaciones obreras. Además, solo las personas mayores de 22 años podían votar. Mucha gente en esa época entraba en la actividad política muy joven (a menudo a los quince o dieciséis años), y en los sectores más radicales del movimiento obrero había una presencia importante de esa franja de edad. Por eso su incidencia en cualquier proceso electoral era menor. Esos sectores más radicales, con la notable excepción del POUM, tampoco ofrecieron ninguna alternativa. La izquierda socialista se contentó con insistir en la participación de los comunistas, y la CNT se limitó a no organizar una campaña de abstención como hizo en 1933.

El estalinismo

Entre 1928 y 1933, el movimiento comunista internacional, subordinado ya a las necesidades de la política exterior soviética, defendió, en el contexto de la crisis económica mundial, la inminencia de una ofensiva revolucionaria, y rechazaba la unidad con sectores “reformistas”. Los comunistas denunciaron a los socialdemócratas como el peor enemigo de la clase obrera, llamándoles “social fascistas”. La creciente fuerza de los fascistas de verdad fue vista como una mera señal de la profundidad de la crisis del capitalismo. Así, con la toma del poder de Hitler en Alemania a principios de 1933, la prensa comunista declaró que “Después de Hitler, nosotros”. La realidad no tardaría mucho en mostrar lo terriblemente equivocado de tal política.

La URSS, seriamente amenazada por el nuevo poder fascista, dio un giro en su política exterior y empezó a buscar una alianza con las democracias occidentales. La expresión domestica de este nuevo giro fue el Frente Popular: una alianza de toda la izquierda con sectores “antifascistas” de la burguesía en defensa de la democracia parlamentaria.

En el Estado español, el PCE fue bastante minoritario comparado con los movimientos socialista y anarcosindicalista. Sin embargo, sería un error subestimar la influencia política de los comunistas. La nueva línea tuvo un eco real a nivel internacional entre las bases de un movimiento obrero ansioso por forjar la unidad contra el fascismo. El prestigio de la URSS como primer país socialista y como el único poder capaz de enfrentarse a los países fascistas, significó que otros sectores del movimiento obrero, sobre todo entre los jóvenes socialistas, vieron con simpatía la nueva línea “unitaria”.

El POUM

En contraste con los demás sectores del movimiento obrero, el nuevo Partido Obrero de Unificación Marxista (formado en septiembre de 1935 a partir del BOC e Izquierda Comunista, el partido de Andreu Nin) rechazó el Frente Popular como la subordinación de la clase obrera a la pequeña burguesía. El POUM no descartó la colaboración con las organizaciones pequeño-burguesas, sobre todo las campesinas, pero insistió en que el movimiento obrero debía mantener su independencia política. El fascismo tenía sus raíces en un capitalismo en crisis, por eso sostener la democracia burguesa no eliminaría la base material de esta amenaza mortal.

Ante la convocatoria de elecciones a finales del 1935, el POUM defendió la necesidad de formar un Frente Obrero con el PSOE y el PCE que, dado la ley electoral, tendría que negociar con los partidos pequeños burgueses para asegurar la derrota de la derecha. Pero en lugar de contestar al POUM, tanto los socialistas como los comunistas aceptaron el programa electoral impuesto por los republicanos.

Ante esa realidad, el POUM decidió firmar también el acuerdo con la esperanza llevar una voz revolucionaria a las Cortes. El partido organizó su propia campaña electoral, dando una interpretación marcadamente radical a los comicios. Según la prensa poumista, las multitudes que acudían a los mítines del pacto electoral de izquierda “escuchan con verdadera indiferencia, cuando no con frialdad, los postulados democráticos pequeñoburgueses y en cambio, su entusiasmo rebasa toda descripción cuando los oradores hablan el lenguaje revolucionario de clase”. En Madrid, el líder del partido, Joaquín Maurín, exclamó en un mitin de más de 5.000 personas, que “a un lado [estaba] el frente democrático-socialista, el frente obrero-republicano, el frente progresivo [y] por el otro el frente de los asesinos y los ladrones”. El POUM, según Maurín, parti­ci­pó en las elecciones “pensando en los muertos de las jornadas de octubre, en los 30.000 camaradas presos, pero pensando además en el triunfo de nuestra revolución, que trace entre Madrid y Moscú una diagonal sobre Europa que contribuya al hundimiento del fascismo en todo el mundo”.

El Frente Popular en el poder

El Frente Popular ganó las elecciones con 278 diputados, ante los 124 de la derecha; aunque la diferencia en votos fue de 4.654.116 a 4.503.524. El POUM insistió que la victoria electoral de la izquierda no era la de la democracia burguesa, ni tampoco significaba que los partidos pequeñoburgueses gozasen del apoyo de las masas, sino que constituía una consecuencia de la lucha revolucionaria de octubre de 1934.

Mientras tanto, el triunfo de la izquierda fue recibido, al nivel popular, con manifestaciones masivas en favor de una amnistía y el asalto de las cárceles. La clase trabajadora no iba a esperar a que el nuevo gobierno, puramente republicano, llevara a cabo su programa. En los siguientes meses hubo una ola de huelgas, y en el sur la ocupación de las tierras de los latifundistas. En las calles aumentaron los choques violentos entre grupos fascistas y militantes de la izquierda.

Ante la creciente agitación, sin embargo, el nuevo gobierno se quedó paralizado. Al mismo tiempo, tanto el PCE como el ala social demócrata del PSOE se opusieron a las huelgas y las luchas más radicales, al considerarlas un peligro para la estabilidad del gobierno. Andreu Nin declaró que constituía un “crimen y una traición” exigir, en las circunstancias reinantes, que la clase trabajadora renunciase a destruir el estado burgués y a tomar el poder, sus máximas aspiraciones, “en nombre de la necesidad de consolidar la República”. Aceptar tal cosa significaba, en pocas palabras, brindar a la burguesía la posibilidad de consolidar “su dominación de clase bajo la forma republicana”. Joaquín Maurín, el único diputado del POUM, argumentó ante las Cortes que si los socialistas creían, como lo habían hecho sus homólogos alemanes y austriacos, que era posible “estabilizar la república democrática”, iban a asistir, también como ellos, a la instauración de “un régimen fascista que será presidido o por Gil Robles o por Calvo Sotelo o por otro aspirante a Führer o a Duce”. Dos caminos se abrían ante las masas: el de Alemania y Austria y el de Asturias: “el  fascismo o el socialismo”.

Con su derrota electoral, la derecha abandonó la ilusión de una vía legal hacia al poder y optó para organizar un golpe de estado. El gobierno republicano hizo muy poco para  desmantelar el complot militar. En realidad, los partidos pequeño-burgueses tenían mas miedo de las masas que de los golpistas. Por eso, cuando se produjo la sublevación fascista el 18 de julio, fueron las organizaciones obreras las que salieron a la calle, no solamente para defender la Republica, sino en muchos casos para hacer la revolución.

Durante el verano de 1936 existió una situación de fragmentación del poder en la zona republicana. En ausencia de un nuevo poder, los comunistas, con sus aliados republicanos y socialdemócratas, rehicieron el Frente Popular. La revolución se fue debilitando cada vez más, y la guerra se transformó en una lucha entre “democracia (liberal) y fascismo”. Tal política se justificó por la necesidad de ganar el apoyo de las democracias occidentales y mantener el respaldo de las clases medias en la retaguardia. La realidad fue que tales democracias nunca iban a apoyar la Republica, y que fue sobre todo la clase trabajadora, y no una supuesta clase media, la que resistió con más firmeza la brutalidad del fascismo. Al socavar la revolución, la política del Frente Popular abrió el camino a la derrota.

 

Andreu Nin o el día en el que Stalin traicionó a la revolución 

El dibujante e ilutrador Lluís Juste presenta la obra 'Andreu Nin', un cómic que recorre la vida del militante del POUM, su asesinato ordenado desde Moscú y también la lucha por recuperar su memoria.

 

10 Marzo. 2016 - ALEJANDRO TORRÚS diario PÚBLICO

Dejó escrito el Premio Nobel Albert Camus que "el asesinato de Andreu Nin marca un viraje en la tragedia del siglo XX. Un siglo que fue, cabe recordarlo, el de la revolución traicionada". Y es que el asesinato del líder del POUM fue uno de los primeros ordenados fuera de sus fronteras por el dictador de la URSS Joseph Stalin. Después caería Leon Trotsky y serían cientos los traicionados en Polonia (1939-41), Finlandia (1939-40) o Austria (1945-55). Pero Andreu Nin, que había llegado a sentarse como diputado en el Soviet de Moscú, marcó el precedente y abrió una cicatriz, que nunca llegó a desinfectarse del todo, en el seno de la izquierda.

"No se atreverán, amigo, no se atreverán", dijo Andreu Nin el mismo día en el que fue secuestrado para posteriormente ser torturado y ejecutado. Era el 22 de junio de 1937 y era la segunda vez en el día que advertían al dirigente del POUM de que no podía andar sin escolta por la calle. Pero no hizo caso. Fue secuestrado, llevado a Valencia, posteriormente a Madrid para ser ajusticiado. Hoy ya no cabe ninguna duda de que su asesinato fue ordenado por Stalin, que necesitó de la colaboración de agentes del PCE y del PSUC.

Para honrar la figura del secretario general del POUM  y recuperar su memoria, el dibujante e ilustrador Lluís Juste ha creado el cómic Andreu Nin, siguiendo tus pasos (Edicions de Ponent)que recorre la vida del marxista, su asesinato ordenado desde Moscú y también la posterior lucha por recuperar su memoria. "Todas, absolutamente todas las viñetas que hay en el cómic son ciertas. No me van a pillar en un renuncio", advierte el autor en el acto celebrado el jueves en el Centre Cultural Blanquerna. 

"La revolución del año 1917 era proletaria y nació con la intención de que una clase concreta ocupara el poder del Estado. Pero tras la muerte de Lenin, la revolución cayó en manos de quien no tocaba. Stalin no fue comunista. Stalin fue sólo fue estalinista. La traición consiste en que aquella revolución dejó de ser proletaria para convertirse en una dictadura de una nomenclatura y para ello puso la excusa de la revolución en un sólo país. Pero hubo gente como Andreu Nin que denunció desde un principio, e incluso desde dentro de la URSS, la traición a los ideales de la revolución. Aquí es cuando podemos hablar de la revolución traicionada", explica Lluís Juste. 

La obra, no obstante, no se detiene en el asesinato de Nin y prosigue con las peripecias de su mujer, Olga Tareeva, y sus dos hijas y cierra con la (difícil) llegada de los restos fúnebres de Olga a Catalunya para ser enterrados. Recoge incluso los encuentro entre Tareeva y la mujer de Leon Trotsky en París, primero, y en Coyoacán, México, tiempo después. Las dos mujeres tenían algo en común. La misma persona había ordenado el asesinato de sus maridos: Stalin.   

Porque la lógica de Stalin era aterradora. Para luchar con éxito contra cualquier enemigo era necesario, primero, acabar con el enemigo interno. El dictador de la URSS estaba convencido de que uno de los principales motivos por los que los republicanos podían ser derrotados era por la presencia de traidores. Y así, como en Rusia, Stalin exigió tratar a los traidores con determinación. Para ello, envió a España a Lev Nikolsky, alias Alexander M. Orlov, que prepararía todo para la ejecución del izquierdista catalán. 

Por eso, para Enrique del Olmo, presidente de la Fundación Andreu Nin, la recuperación de la memoria del fundador del POUM es mucho más que recuperar el legado del principal pensador marxista de la época en todo el Estado. Para Del Olmo, recuperar la memoria de Nin significa recuperar lo mejor de una izquierda que se negó a entender el mundo como un espacio carente de libertad y la  recuperación de una izquierda que lleva incorporado en su ADN la lucha por la democracia.  

 

 

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